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Testimonio 2016 Raul Oyarzo

El Tesoro

La selva peruana esconde un tesoro preciado, y al igual que un cofre enterrado hace rico a quien lo descubre. Y si todos pudiéramos desenterrarlo ya no habría cofres que seguir buscando.

No sólo la liana del alma es fuerza universal, también lo son las sonrisas y los grandes vientos, los cariños y los sabios montes, la selva y su poder impenetrable. Si todos puediéramos sentirlo, ya no habría montes arrasados ni selvas robadas. Y aunque el silencio no existe aquí, escuchamos el milagro, y logramos tocarlo, sentirlo en lo más profundo de nuestro cuenco cósmico. Donde guardamos toda la amalgama, la que une y la que separa, y depende del buen oyente que oído utilizar para no confundir el camino.

Las barreras se caen a pedazos cuando escuchamos su canto, como el cristal se trizan, y depende del buen artista volver a darle forma. Y si logramos la mezcla perfecta, ya no habría más vidrios que romper, ni cariños rotos que reparar.

Si todos escucháramos el gran secreto, nos daríamos cuenta que no está reservado para nadie. ¡O no! No es secreto, es una gran verdad, gritada a los cuatro vientos. Algo tan grande como el cielo y las montañas, y tan pequeño como una gota de rocío. Pero las verdades muchas veces son tan claras que encandilan, y depende de cada uno proteger sus ojos, para poder ver en lo profundo, y sorprenderse, emocionarse.

Y en que parte el hombre perdió el rumbo al hogar se transforma en una anécdota cuando se llega a destino, el abrazo de bienvenida es tan apretado que parece que es tu propia madre quien te está recibiendo. Y la jornada es tan divertida que parece que estamos de fiesta.

Nuestra enegría, nos sobrepasa, y brazos perdidos logran tocar el tesoro. El secreto se oye a todas voces y el milagro se hace realidad. El ver para creer del escéptico se transforma en creer para ver, y los mundos se unen en una danza perfecta que no tiene fin, porque cuando el tesoro se conoce nadie te lo puede sacar de la mente, nada te hace olvidar, y empieza crecer en ti la necesidad de tenerlo. Cuando el secreto se escucha se quiere gritar con fuerza y nace en ti las ganas de compartirlo. Y el mensaje oculto se muestra ante ti. La X del mapa se parece ante tus ojos encandilados y sólo depende de ti iniciar la bíusqueda. Pero, recuerda bien tu punto de origen porque sólo así sabrás cuanto haz navegado.

¡O sí! Si tan sólo puediéramos tocar este tesoro, otros mapas se dibujarían.

Y una fría noche de julio cambió TODO para siempre. El milagro hizo su aparición, pero no es sólo un milagro, es una cadena de ellos que se elevan desde lo más profundo del espíritu planteario, hasta el cosmos, de donde venimos TODOS. Y como un pensamiento profundo nos pertenece a TODOS, y una sonrisa no se regala solo a uno, sino a TODOS.

Y la gra casa de la selva ya no es sólo casa, es madre protectora, es compañera de viajes, es fuerza renovadora. Y los hombres que la habitan ya no son sólo hombres, son luces brillantes que iluminan esta noche oscura. Son soldados de GAIA que flamen su bandera en lo alto, que no darán pie atrás en su lucha, porque en esta batalla no hay dogmas divisorios, ni principios relativos, no hay una obligación lanzada al aire, hay un deber.

Y el tesoro de la selva esta descubierto, y las manos hambrientas se alzan al cielo llenas de oro.

¡O Dios! Si tan sólo pudiéramos tocarlo.


FELIPE, AGOSTO 2015

Gracias de todo corazón. Llegué a Ani Nii Shobo con una necesidad gigante de sanación.

Todo en mi vida estaba ya al tope, rebalsado: como papá, como marido, como hombre, como “economista sagrado” (ver www.sacred-economics.com), como rezador, como amigo… Sin lugar a dudas necesitaba rendirme.

Comencé en la primera toma con una intensa purga, y a la vez con mi corazón extasiado en felicidad de poder estar nuevamente, después de tanta búsqueda, con la sagrada medicina de la selva, en el mundo del espíritu y la belleza. Me sentí “especial”, o “premiado” por Dios, por la abuelita, y me quedé con la enseñanza que era muy absurdo, muy infantil pensar que yo tuviera alguna clase de privilegio ante el amor inmenso de Pachamama.

Segunda toma. Tenía tanto, muchísimo frío. Me tapaba con la frazada y me acurrucaba apretándome lo más posible en busca de calor, en busca de la teta de mi mamá (tengo 41 años), pero el frío se intensificaba, sentía que me congelaba. Mi mamá, la Diosa que me dio la vida me decía “ábrete al frío, tienes frío porque estás asustado, todavía no confías. Yo te parí, me dijo, y ya te dí pecho”. Me repetía el mensaje, pero a mí me costaba mucho hacer caso, pensaba “primero un poco de calorcito (o sea teta) y después me abro”. Mi Mamá en dijo “jamás te hubiese parido si la vida no fuera completamente maravillosa”, estas palabras me tocaron lo más hondo del corazón de una manera tal que mi vida cambió completamente en ese momento, y sigue cambiando en cada momento en que las recuerdo. Antes, ¡no lo sabía!, pensaba que había mucho sufrimiento en la vida (que había que sencillamente aceptar) y por tanto que la vida fuera maravillosa estaba en duda, era a lo más una verdad parcial.

Con mucho esfuerzo, recogía la voluntad de hacerle caso y de a poco empecé a destaparme, a abrirme hacia el frío. Par de veces retrocedí y volvía en busca de la frazada, de acurrucarme. Entremedio mi mente no podía creer que mi Mamá Divina me estuviese hablando, pero yo sabía que era verdad. Recordando mi hijo, mi mujer embarazada sabía que tenía que lograrlo. Me destapé por completo. Mi mamá me animaba, me apoyaba, pero me decía claramente que esto tenía que hacerlo yo, que nadie lo podía hacer por mi. Me dijo, “haz de cuenta, es lo mismo que una mamá enseñándole a su hijo a andar en bicicleta: lo puede animar, pero es el niño el que tiene que recoger su voluntad y aprender a pedalear. Nadie lo puede hacer sino tu mismo, ¡levántate!”. Yo seguía muerto de frío, pero ya estaba destapado y con mis manos y piernas abiertas. Con toda mi voluntad logré levantarme, el frío sin dar aviso se desvaneció, y mi mamá me dijo “¡eso mi príncipe! Ya viste, ¡eres mi príncipe! ¡No sabes cuán feliz me haces! Eso, ponte derecho, mi príncipe, ¡vas a brillar!, estas creciendo. Vas a tropezar varias veces en lo que aprendes a pedalear la Bicicleta de la Vida, ¡es normal! Recuerda (me hizo sentir el centro de mi pecho): aquí está tu verdad, no lo olvides. Ahora ¡Ve!” me dijo y me dio un beso maravilloso, de infinito amor.

Yo me sentí como un niño que va a la escuela con su lonchera, orgulloso porque su mamá le dio un beso: ¡¡¡no es cualquier cosa!!! Es el regalo más grande que un niño puede recibir, el amor infinito de mamá en un beso. Yo quería llegar a la escuela a decirle a todos mis amigos “mi mamá me dio un beso eh!”, con el pecho inflado, “tengo la mamá más hermosa que pueda jamás existir, infinitamente amorosa y poderosa, es mi mamá!”. En ese momento sentí que podía preguntarle lo que sea a mi mamá, a Dios y todo me lo iban a contestar. La medicina comenzó a bajar y yo nadaba en la felicidad, y en la esperanza que las próximas ceremonias serían igual de gloriosas y podría aliviar todas mis inquietudes (¿cómo puedo ejercer la economía sagrada?, ¿cómo puedo proveer para mi familia? ¿qué secretos de la economía sagrada aún falta descubrir? etc. etc…).

Había recién aprendido una multiplicidad de cosas al mismo tiempo: cómo amar a mi hijo Tayel (confiando yo en la vida y así con el ejemplo acompañarlo a que él pueda confiar por si mismo), cómo elevar mi amor a mi mujer Javiera (cuidando su amor de madre), y cómo apoyar a mi hija Ayelén que está a punto de nacer (aprendí también lo que significa el frío del nacimiento y mi rol como papá). Al día siguiente, les escribí una carta a cada uno.

Tercera toma. Estaba en “varios mundos” al mismo tiempo, por un lado estaba en el gozo del espíritu y las visiones de mil cosas hermosísimas y por otro lado físicamente estaba sufriendo mucho. Yo pensaba que eso era normal, ese sufrimiento físico, y no me importaba porque lo que gozaba mi corazón era exquisito. Me doy cuenta que estaba un poco adicto al goce del espíritu y eso me hacía desconcentrarme: estaba totalmente desparramado. De hecho, en una expresión que a mi me parecía totalmente sincera y espontánea de mi ser, me puse a hacer diversos ruidos y frases de placer, que por cierto me fui dando cuenta era molesto para los demás. En ese momento yo suponía que era el premio que yo ‘ameritaba’ por todas mis experiencias de esfuerzo y sufrimiento (una tontera). Es verdad que eran expresiones sinceras y espontáneas (casi inevitables), pero hacía falta concentrarme para ir más profundo, no quedarme atorado en un placer incompleto y por ahí un poco adictivo.

Se me acercó Noé dos veces (creo que fue Noé), al hablarme yo apenas podía escucharlo y mucho menos entenderlo. Escúchame me dijo, te voy a ayudar. Con esfuerzo pude concentrarme para entender lo que me decía, porque mi mente estaba convencida que estaba en una experiencia gloriosa, pero ciertamente me di cuenta que necesitaba ayuda porque mi cuerpo estaba sufriendo mucho. Noé me dijo: “concéntrate en ti mismo”. OK, le di las gracias, y de ahí en adelante básicamente seguí haciendo lo mismo: los mismos ruidos y expresiones de gozo de mi corazón, con algunos intervalos de concentración en mi mismo. Terminé la experiencia mitad feliz y mitad con un poco de vergüenza, con ganas de disculparme a los demás asistentes por interferir en sus experiencias. Me dí cuenta, en el fondo, que la abuelita me estaba pidiendo que crezca, y básicamente, no era mucho lo que había logrado en el intento. Me faltaba mucho camino por recorrer. Intuía que la abuelita me estaba preparando para hacerme un regalo relacionado a la Economía Sagrada.

Luego de esto comenzó mi dieta con otras plantas maestras, y la intensidad del trabajo de conciencia aumentó fuertemente. Me pasaba el día entero únicamente dedicado a esto. No podía concebir regresar a mi familia sino era ya sano. De todo, de los sueños, de cada momento, juntaba y juntaba voluntad, conciencia y fuerza para sanarme.

Cuarta toma. Me dieron un poquito menos de medicina, según porque estaban también trabajando en mi las otras plantas maestras. Yo pensé que quizás me dieron menos porque me vieron muy desparramado la ceremonia anterior y por supuesto, legítimamente, se debe cuidar de las experiencias de todos. La cosa es que al no sentir la fuerza arrasadora, indomable de la medicina, me enrollé dentro de mi mente de la manera más desesperante y dolorosa. Me sentí vacío y como si no tuviera corazón, era horrible! Pedí ayuda, Andrés y la señora Ida vinieron a ayudarme. Hasta que me calmé. Entendí que fue una purga de mi mente. Recordé lo que había olvidado hace mucho, que la mente es la mente no más. Me vi como un niño, cayendo de la bicicleta una vez más, lleno de pensamientos dolorosos y totalmente absurdos.

Quinta toma. Ya sabía que tenía que entregarme, soltar el control, que existe un espíritu de la vida moviéndose a través de todas las experiencias y todos los momentos, siempre buscando nuestro bien. Recé mucho por entregarme, no había nada en el mundo que yo quisiera más que entregarme. Pedí más medicina, aunque sentía mucho temor, estaba dispuesto a lo que sea con tal de sanarme. Apenas empezó a entrar el poder de la medicina, empecé a sufrir por una u otra cosa, y de inmediato, lograba abrirme a ese sufrimiento de manera tal que desaparecía. Eso pasó unas 2 o 3 veces, pensé ‘ahora sí voy bien’. Al siguiente momento, la abuelita me mostró, me dijo “mira ahí está, tienes que confrontarte a ti mismo, y te va a costar mucho hacerlo”. Yo de inmediato grité por dentro “¡¡¡sí quiero confrontrarme!!!, con todo mi corazón quiero y estoy seguro que no será tan difícil!!!!!! Porque no tengo más alternativa que morir: sí quiero!!!”, pero en ese mismo instante perdí de vista la pista que me había señalado la abuelita, y ya no la vi más. De ahí en adelante empecé a sufrir, a vivenciar el DOLOR en todas y cada una de sus manifestaciones, y por más que trataba y rogaba ayuda y que me mostraran qué tengo que hacer, lo único que lograba era generar más sufrimiento. Por más que “luchaba por entregarme”, por dejar de resistirme, lo único que lograba era acrecentar la resistencia, acrecentar el sufrimiento. Fue una experiencia terrible. Entendí de una manera que no sé explicar en palabras, que todos y cada uno de mis dolores, mis miedos, y todas las expresiones de mi sufrimiento, eran fruto de mi mismo y de ninguna cosa externa. Me la pasé toda la ceremonia revolcándome en el dolor.

En muchos momentos lo único que deseaba era que la experiencia terminara, volver a lo “normal” no más, lo que sea con tal de no sufrir más. Pero ya sabía que el dolor que estaba viviendo tan intensamente es el dolor que de por sí ya estaba cargando en mi ser, en mi vida. “¡Yo no quiero volver a ‘normal’! ¡ya no quiero cargar toda esta mugre!” Quiero ser feliz de verdad.

Me di cuenta que mis expresiones de dolor, en todas sus versiones, son realmente como caricaturas, horribles ¡Sí!, pero falsas igual que caricaturas, chistosas igual que caricaturas. Nada más que una ilusión. Acepté: otra vez había caído de la bicicleta, tal como me había advertido mi Mamá, pero al menos sabía que ninguna experiencia es en vano. “Vamos pa delante!! Estoy aprendiendo!!”

Sexta toma. La última. Venía con más miedo que nunca, mi cuerpo y mi respiración temblaban con la memoria del sufrimiento de las experiencias pasadas, mi corazón temía más que nada tener que regresar a mi familia sin haber logrado confrontarme, sin haber logrado responder mis preguntas de la economía sagrada, sin haber aprendido a entregarme… En pocas palabras llegar a casa con las rodillas rotas y la bicicleta destrozada. Recordé muchas personas que quiero y sobre todo las que me cuesta querer, muchas situaciones de mi vida que de alguna manera consideraba como enemigas: nada podía quedar afuera de esta última oportunidad que tenía. Me repetía muchas veces ‘estoy dispuesto a dejarlo todo, a morir completamente para recuperar mi vida’… Sin embargo, el libreto se repitió: me pasé toda la ceremonia revolcándome en el sufrimiento… Mi mamá Marisabel me había aconsejado que le pidiera a la abuelita que me tratara con cariño, que ya no me hiciera sufrir, que era mi última toma. Le hice caso y así le pedí a la medicina, sin embargo, ya sabía que el sufrimiento venía de mi, no de la medicina, que era el sufrimiento que de por si cargaba en mi vida, y además sabía que la única manera de aprender a andar en bicicleta es cayéndome cuantas veces sea necesario…

Entonces pues ya, dejé que hiciera lo que sea, me dejé sufrir sintiéndome tan incapaz de nada, y tan torpe de generar tanto sufrimiento para mi mismo… La abuelita fue sacando mi verdad escondida bajo muchos candados y defensas, hasta que la peor versión de mí estaba completamente en la superficie de mi ser, muy evidente, pero aún así yo me negaba a verla aunque al mismo tiempo toda mi voluntad era justamente verla, curiosa paradoja. Cuando el poder de la medicina comenzó a bajar, me vino el sentimiento de certeza de que necesitaba un poco más de medicina. Pedí más, pero obviamente los shipibos que llevaban la ceremonia veían muy fácilmente mi ser falso completamente en evidencia, resistiendo la medicina ya por varias ceremonias, revolcándome en el suelo, entonces lógicamente era una tontera darle más medicina a tal personaje. Rogué, insistí e imploré que me dieran más, con todo mi ser con la última gota de corazón que me quedaba: no podía irme incompleto, no podía llegar así donde mi mujer embarazada y mi hijo… Me dieron un poco más.

Por fin pude apenas, apenitas, en la última fibra de oportunidad, en la última milésima de segundo, ver mi yo falso, que yo mismo había construido…

La ayahuasca me lo mostró. No me gustó nada verlo, pensé que sería más grande o más importante. La ayahuasca me quitó el velo de mi identidad fabricada y me dijo “ahora siente el alivio de ya no cargar con tamaño peso”, pero no pude sentir el alivio por más de un segundo. Pensé que no alcanzaba para explicar tamaño sufrimiento que yo había creado para mi mismo. Pensé que como yo lo venía trabajando tantísimo que no podía ser que fuera justo lo mismo. Muy defensivo este señor, cree que sabe mucho (está convencido!!). “Claro, con tanta experiencia espiritual, con tantos méritos y pergaminos…”, ‘medallas de honor’ que ameritaba por tanto sufrimiento y esfuerzo en mi vida. La ayahuasca me dijo “mírate como te miran los demás, con tu cara que das que no eres Tu”. Ya me había dicho antes: “tienes que confrontarte a ti mismo”, y yo tratando con toda mi voluntad de hacerlo sin tener ni idea; y más bien todo ese esfuerzo se traducía en pura resistencia. Chistosamente, me vi justo como aquel personaje que yo juzgaba, el más molestoso que pueda haber en una ceremonia o en cualquier parte, el más desagradable: el más ignorante sabelotodo del planeta. El que cree que sabe algo del espíritu y ha construido una identidad, toda una historia y feroces barricadas de defensa.

Por un pelito pude verlo…

Preparando la bicicleta para salir nuevamente a dar una vuelta, con un poco de miedo y mucho de voluntad, queriendo hacerle honor a mi Mamá: a mi Mamá Marisabel y mi Mamá Pachamama, que son la misma Mamá. Sé que tengo todo para crecer, mi mamá me parió completo sin ninguna desventaja. Sé lo que tengo que hacer. Irrake. Mitakuye Oyasin.


BORIS ORLANDO GÁLVEZ LLANTEN, 2016

El arte de soltar

"Inspira y suelta… Inspira y suelta…Inspira…

Abrí los ojos y pude ver el mar, aquella agua que venía siguiéndome en el mundo onírico hace unos meses. Respiraba bajo el mar y contemplaba las ventanas en su profundidad, en cada una de ellas podía apreciar la luz bendita desde el otro lado. No obstante, buscaba las grandes puertas… Volaba, nadaba, caminaba, ya no podía explicar con palabras lo que mi cuerpo estaba experimentando.

Mientras entraba al fondo del mar, la visión se hacía sutilmente más tenue. Los ecos de mi hermano retumbaban en un altavoz acústico: “Prender la antorcha en la oscuridad!, eso hace el chamán…”, recordé su voz como un llamado desde la profundidad visceral. Observe mi mano y la luz aparecía como si mirara el sol en una tarde de verano. Recordé al ermitaño, gran sabio que camina con su barba blanca, manto y bastón, aquel hombre que me ayudaba a reflexionar y poder entrar en aquella cueva. La antorcha podía iluminar el pasaje oscuro, los jeroglifos pintados por nuestros ancestros hizo darme cuenta donde estaba. Todos sus símbolos estaban tatuados en aquellas rocas: ¿qué podía hacer ahí?, era mi gran cuestionamiento. Aquellas letras y figuras hacían recordar mi destino en la humedad viscosa. ¿Que podría hacer un alquimista en una cueva?, sólo pensé en poner las cartas en la mesa, los cuatro elementos podían fusionarse y formar la pócima perfecta para poder acariciar aquellas pinturas. Recordé al mago con su gran pincel mirando los astros, solo de esa manera podía cambiar mi destino. Sus colores fosforescentes pintaban toda la maloca. Al otro lado las grandes torres se derrumbaban… ¿qué significaba?... las olas del mar se relajaban y recordaban que mi respiración era completamente hacia mi interior, como si tuviera un gran pez dentro de mi columna vertebral. Todos aquellos muros se soltaban y renacía la gran naturaleza desde la tierra hacia las estrellas, como en un cuento de niños…

Abrí los ojos y pude ver el mar, aquella agua que bañaba mi consciente, los grandes ríos del cuerpo que soltaban sus néctares y perfumes. Los grandes reyes solo observaban mi actuación, la performance parecía un cuadro recién pintado. Bajaba mi cabeza y unía mi mentón al esternón, solo podía sentir la fuerza infinita del gran creador junto a su profundo aliento de vida.

Recordé el mándala del gran misterio como una respiración sin inicio ni final. Sólo tenía que soltar y luego inspirar el espíritu de la vida, el espíritu de la naturaleza, el espíritu del gran creador..."


Jakun Juni, 2015

Gran casa de la selva: un lugar en el que aprendí a escuchar, a escuchar la vida, a mi mismo.

Viajé producto de una larga búsqueda espiritual, sin embargo necesité el impulso de mi pareja, pues ella me dio la motivación final para partir, ella sabía que este viaje me ayudaría. La despedida fue difícil, ella estaba embarazada y obviamente no quería dejarla, pero ellas (incluyo a mi pequeña luz de luna) me acompañaron en todo momento en el corazón, y además el viaje era corto: solo 2 semanas, que sería el tiempo preciso para lo que necesitaba aprender y sanar, obviamente el resto del trabajo (la puesta en práctica de toda esta nueva sabiduría) lo estoy completando a su debido momento de vuelta en mi hogar.

Al llegar a Ani Nii Shobo, supe que estaba en el lugar correcto, me inundaba una reconfortante sensación de deja-vú, meses atrás había tenido un sueño que resultó ser una premonición de lo que sería este gran viaje. El lugar es un paraíso terrenal, tan vivo, tan verde, y este color tan ligado con el corazón ya iba liberándome de mis anquilosadas ataduras, necesitaba aprender del desapego, y vaciar mi copa antes de pedir más...

Las ceremonias fueron mostrando progresivamente mi verdadera esencia y no tan solo a través de las visiones, pues los espíritus de las plantas son tan sabios que saben cuando deben dejar que trabajes por ti mismo tu propia mente, con tal de conocerte y amarte sin miedo, sin límites. Entendí como inconscientemente toda mi búsqueda de respuestas había ido preparándome para esta maravillosa experiencia, pude ver mi vida como una gran puzzle/fractal y por primera vez logré silenciar mi mente y ordenar intuitivamente todas estas pequeñas piezas para obtener un panorama completo de mi camino, de mi existencia, y amé esta visión integral, con todos sus espectros de colores, pues cada parte es esencial para que el conjunto sea armonioso tal cual lo es ahora.

Me volví más consciente, de mi mismo, de mi familia, de todo mi entorno. Pude conciliar mis miedos y aceptarme tal cual soy, perfecto en la más profunda esencia, y amar! simplemente amar y agradecer, a todo y al mismo tiempo a nada en particular, pues la sola existencia se origina a partir de estos conceptos; esto es algo que podemos experimentar a cada instante durante nuestra cotidianidad, la vida misma es nuestra más bella oportunidad de crecer espiritualmente, entonces, sabiendo esto es que podemos contemplar sin juzgar, inspirarnos sin límites y crear sin ego.

"Toda experiencia en la existencia no es más que un fenómeno de la mente"

Muchas gracias a Andrés, Roger , Allen y toda esa hermosa gente que conocí y me acompañó en este gran viaje de autoconocimiento, insto a todo el mundo a darse un tiempo para escapar de la rutina y darse el tiempo para sanar, para visitar lugares tan místicos como este, para entender que todos somos estudiantes y maestros a la vez. Paz.


Boris Orlando Gálvez LLanten 2015

Tejiendo nuestra vida con el Ícaro

La primera vez que escuche a un curandero cantar, sentí que todo mi adn se estaba organizando, hebra por hebra se complementaba con las constelaciones que miramos en el cielo, un destello de estrellas fugaces que iluminaban mi dimensión psíquica. Pensé y anhelaba algún día cantar, y me di cuenta que todos lo hacíamos, quizás de una forma ignorante. Pensaba y pensaba, me dejaba encerrar en mi propia música, ¿acaso nuestro pensamiento es un gran Ícaro?...Todo lo que pensaba y rezaba se transformaba en un dulce canto, miraba en mi realidad física como el viento movía en una hoja y vibraba en una melodía. El gran secreto se rebelaba, lo que venía buscando durante muchos años y vidas lo podía palpar dentro de mi: el corazón latía, mis vísceras se movían, mis neuronas hacían sinapsis, mis rutas cerebrales formaban melodía y todo lo que pasaba dentro y fuera era un tesoro escondido bajo tierra.

Todo en nuestra existencia es vibración y nos ayuda a re-encontrar nuestro espíritu: el gran espíritu que alinea todo, que nos guía hacia una conciencia, hacia la sanación. Así nos encontramos, volvemos a nuestro hogar, retornamos a casa, nos miramos a los ojos y escuchamos humildemente. De esta manera, nos juntamos todos en el gran hogar a conversar con los espíritus, a rezar las semillas para nuestra existencia, a observarnos y poder alinear lo que hemos dejado inconcluso, donde nuestra alma a perdido sentido. Comenzamos a recordar quiénes somos y adónde vamos, nos reencontramos con nosotros mismos en diferentes rutas y dimensiones, adjuntando toda esa información para darle un sentido y poder armonizar nuestro ser.

Bendecimos nuestro templo, nuestra vida, nuestra familia y nuestras relaciones a través del tejido cósmico, nos unimos y somos uno con el todo, un gran espejo dentro del agua, ese liquido que recorre nuestras venas y que nos inspira hacia el gran cosmos, pisando la madre tierra y agradeciendo por el aire que respiramos…


Carolina Peralta, enero 2014

Más que entregar mi testimonio, quisiera entregar un mensaje sobre mi experiencia. Invitarlos a un viaje de regreso a casa, una oportunidad de volver a recordar quienes somos y el motivo del por qué estamos aquí. Vivimos tan preocupados de cosas que en realidad no tienen importancia, llenos de miedos de ser quienes somos, preocupados por encajar o simplemente perdemos la vida en función de miedos absurdos o con todo tipo de estimulantes que nos hacen creer por unas horas que todo está bien tal cuál como está. Somos hijos de la Tierra y es ella quien a través de su creación, quien nos puede mostrar el camino de regreso a la vida, brindándonos la oportunidad de poder volver a valorarla como se merece. Nuestra vida como lo más sagrado, tanto como la vida del otro, del prójimo o próximo a ti, aprendiendo a ver el otro en ti y fluyendo en armonía con todo lo que nos rodea. Son las plantas las que te ayudan a salir de la prisión de cada uno se ha construido y que nos hacen estar tan enojados con nosotros y con los demás. Olvidamos que somos seres mágicos, que no tenemos límites, que podríamos lograr lo que quisiéramos hasta donde nuestro espíritu quiera volar. De tanto buscar respuestas, olvidamos escucharnos y no nos damos cuenta que las respuestas ya las sabemos. Las Plantas te ayudan a volver a escuchar tu interior por medio de los sueños y visiones.

Esta es mi segunda vuelta por este camino y nunca me termino de sorprender del poder y la fuerza de las plantas y por supuesto de mi gran amigo Roger López, el cual como médico y dueño de los espíritus de las plantas, te guía a través de la sabiduría que nos brinda la Tierra, te lleva por lugares insospechados que por medio de la reflexión (la parte que pone el paciente), podemos vencer todos los obstáculos que se interponen para poder cumplir los anhelos más profundos que se albergan en nuestros corazones. Por medio de los ícaros, el médico enciende como una gran descarga de energía cada rincón de nuestro interior, mostrándonos lo maravillosa que es la vida y el poder amar. Al mismo tiempo, nos muestra el deber que tenemos con ella, la Tierra, de cuidarla y protegerla, y por sobre todo valorarla en cada una de sus formas.

Siempre voy a estar en deuda por el gran regalo recibido. Fue duro en algunos momentos, sí. Pensé que me rendía, pero justo ahí salió una fuerza de mi interior que había olvidado que poseía y por fin pude entender todo lo que viví hasta ahora. Afloraron cosas maravillosas que aunque quisiera no podría compartir en su totalidad. Esto es solo una parte de lo que viví y aprendí y sé que cada uno de nosotros tiene otra parte. Creo que podemos cambiar la vida de lo que ya conocemos y darles la oportunidad a nuestros niños de verlas con otros ojos, muy distinto a lo que nosotros vimos, sentimos… Una vez más me marcho agradecida eternamente, una parte de mí siempre se quedará aquí. Gracias por el amor, comprensión y medicina recibida.


Jessica Nazar, 2015

Agradecida cada día...

De ti amada Selva, por toda tu riqueza, tu fuerza natural transformadora, tu Amor que nos cura

A ti Ani Nii Shobo, por existir como un espacio Sagrado, que nos acoge y brinda un cálido Hogar, donde nuestra Alma se purifica, el Corazón florece, se ilumina la vida...

A ti Madre Ayahuasca, Medicina del Alma, por tu compañía, por tu guía, por enseñarme a mirar con nuevos ojos, por tu Bendición…

Medicina para el Alma

La vida me susurró en un sueño que la Selva me llamaba, que las Plantas, sus hojas, flores y esencias querían ser mis aliadas, que me enseñarían su cantar. Que lavarían mis penas decían, que me devolverían claridad. Me mostrarían que mis heridas eran un portal divino, un ojo para dejar entrar la vida y revelar mi verdad.

Más que una elección, un impulso, un latido, un grito. Un llamado del amor.

En la fresca, verde, húmeda, profunda, poderosa selva, encontré un hogar, donde todo era medicina. El espíritu del río, los árboles, sus cortezas, la sinfonía permanente de las cigarras, grillos, aves, la risa de la lluvia y el viento en las hojas, el olor a tierra fértil, los brillantes colores. Todo te va transformando… Sin darte cuenta, te conviertes en mariposa , en colibrí ,en diamelo, en fruto silvestre, en cielo. Te vuelves chamana, madre nutricia , amante apasionada, abuela sabia, hechicera de dulzuras. Te vuelves liana que conecta mundos, como un espiral eterno...

Muerta mil veces y más, purgue cada miedo, cada furia, cada desilusión... Lloré un mar de lágrimas. Me fui quedando sin nada.

De noche, las estrellas, junto a mi tabaco, ayudaban a desnudar esta alma ahogada en velos y polvos que no me dejaban volar.

Renacía mi vida, lentamente recordaba, se fueron despidiendo los malestares que padecía... Se disolvían matrices quebradas, daba la bienvenida al misterio y la magia que en silencio fueron tejiendo con hilos plateados sus raíces con mi destino.

Mis manos despertaron, pidieron amar... Se abre un espacio en el Corazón, para un nuevo rayo de luz, un momento eterno, tierno y bello como brotes de cerezos en primavera…


Rodrigo Cuevas, 2014

Volver a sanar

Esta fue mi segunda visita a la "Gran Casa de la Selva" después de dos años. Reencontrarme con Paco, un local corpulento y de un corazón de la misma talla, encargado del transporte, fue gratísimo y me hizo caer en cuenta que sería un viaje de emociones intensas. Si la vez anterior me acompañaba una mujer especial, esta vez lo hice con un hombre igualmente distintivo. Diego es su nombre. Intuitivo, paciente y buscador. Esto último nuestro punto de encuentro y comunión.

Llovía copiosamente en Pucallpa. Claro, con la temperatura cálida del Amazonas. La destreza de Paco al volante me sorprendió; mientras nos ofrecía fumar un puro de tabaco, sorteó todo tipo de obstáculos con escasa visibilidad en el parabrisas e incluso contó varios chistes de la vida. Viajábamos rumbo a la comunidad de San Francisco de Yarinacocha.

Nuestro chispeante conductor nos dejó con don Julio, quien nos cruzaría en barca por la cocha. Sus hijos nos acompañaron y fueron claves porque a mitad de camino las guamas detuvieron nuestro avance. Ahí, con Diego comenzamos a ayudar. Personalmente comencé a imitar a los niños: me descalcé para quedar como ellos y saqué los pies fuera del bote para ir empujando las algas flotantes. No sé cuánto tiempo nos tomó, pero sí sé que todos nos esforzamos y conseguimos el objetivo de seguir adelante, todos colaborando.

Creo que eso fue mi lección más importante en esta segunda visita: la sanación de manera colectiva, solo con compartir, con estar abierto al otro. ¡Y ya tenía luces antes de volver a trabajar con las plantas!

Cuando lo hice con los baños con plantas, con los saunas, me di cuenta lo inconsciente que me había vuelto en mis hábitos. Mi falta de sinceridad, de honestidad para conmigo mismo fue la conclusión que conseguí con las ceremonias, donde elevé mis preguntas e intenté no dormirme. Vomité por primera vez y creo que pude encontrar paz y tranquilidad para mirar mis heridas, mis oscuridades y poder actuar de otra forma, saber que en cada uno de nosotros existe la armonía para actuar.

Lo más impresionante, eso sí, fue la visita del espíritu de una planta durante una noche. Norma, shipiba que trabaja aquí, me alivió un dolor en el cuello que se intensificaba con masajes e ingiriendo la planta llamada "Piri piri" durante el día. Fue el espíritu de esa planta la que sentí a los días siguientes en forma de pájaro. Llegó en un árbol contiguo a mi cabaña a cantar un hermoso sonido. A la mañana siguiente le consulté por esa ave y ella me lo aclaró: era la planta que me visitaba.

Recomiendo a todo el mundo que me consulta por mi experiencia visitar la "Gran Casa de la Selva", un lugar de sanación.


Rodrigo Durán, enero 2013

Estuve dos semanas en este maravilloso lugar. Todo lo vivido lo resumiría como un encuentro con la verdad, con la naturaleza, con mi propio ritmo y mis verdaderas necesidades. Desde la tranquilidad, el concierto de sonidos nocturnales, de animalitos, aves, peces, reptiles, viento, lluvia, truenos y relámpagos pude profundizar en la comprensión de quien soy y el misterio que implica la vida.

Me sentí y me siento agradecido por todo lo compartido, el silencio, las comidas, el paisaje, mis compañeros de viaje, las lecturas y las conversaciones de aprendizaje sostenidas. Me pareció que todo ha sido diseñado desde el cariño y desde un real compromiso con el rescate y mantención del conocimiento y la medicina chamánica de la amazonía.

Pude comprender vivencialmente la banalidad de muchas de las necesidades que creemos tener en nuestra vida de ciudad y desde esa comprensión surge una libertad maravillosa, un sentirme con más espacio para ser, para crear, para vivir…¡Muchas gracias por eso!

Las ceremonias de ayahuasca fueron intensas y reveladoras. Un viaje hacia lo que soy. Conexión con lo más instintivo y lo divino que habita en mí…..Confrontación con los miedos más recónditos instalados en mi psiques como el miedo a la muerte y a la locura….mirar de frente aquellos miedos me permitió poder seguir integrándolos y trascenderlos ya no desde un sistema de creencias sino desde una nueva comprensión. Mucho de todo lo vivido siento que se encuentra todavía en un plano de lo indecible y de la elaboración…..

Finalmente compartir que pude reafirmar y ampliar mi consciencia, al estar en contacto con la naturaleza, de que soy parte de un todo que me incluye, que no somos el centro de la naturaleza sino que formamos parte de ella.

Muchas gracias por todo a Andrés por su amistad, compromiso y cálida acogida, a Roger y Walter por su generosidad y por permitirme conocer y comprender un poco más de la cosmovisión y medicina chamánica.

¡Un abrazo fraterno y de gratitud para todos!


Andrea, agosto 2013

20 de agosto. En la primera toma de la planta maestra me dieron una dosis ligera, estaba con mucha náusea, mareado y al final me dormí. Tuve algunas visiones pero nada significativo.

22 de agosto. La segunda toma, creo que la dosis fue demasiado fuerte, por lo menos en relación a mi sensibilidad a la planta maestra. Decir que lo pasé fatal no es suficiente: tuve los síntomas que había tenido en mi vida con una intoxicación muy fuerte, y a pesar de todo el vómito, la náusea no bajaba. Por fin, me preguntaba si era masoquista o qué porque encima me parecía que no estaba aprendiendo nada ni curándome, y me decía nunca más en la vida voy a repetirlo: sólo deseaba que acabara pronto y me pareció infinito.

24 agosto. La recompensa por este sufrimiento la tuve con la tercera toma (al final encontré el coraje gracias también a Susana que con su gran sensibilidad y amor, se puso a mi lado como ángel de la guarda) donde tuve una de las experiencias más bellas y profundas de mi vida. Me dieron una dosis un poco más pequeña, y durante creo unas dos o tres horas aparte de la visión de una abuela india, muy vieja y algunas otras, estuve principalmente intentando contener mi malestar físico, pero de forma muy interesante: me di cuenta que lo que siempre había considerado como algo genético y ineludible con respecto a la náusea y el vómito (porque siempre he tenido problemas con eso) tenía algo que ver con mis miedos, y empecé a revisar con exactitud, naturalmente exaltada por la planta maestra, lo que pasaba en cada distrito del cuerpo, dándome cuenta que lo peor no eran las sensaciones en sí mismas, aunque eran fuertes sino la interpretación que mi cerebro hacía del conjunto. Después de unas horas cuando ya pensaba que la experiencia llegaba al final y la mareación iba desapareciendo, fui un momento al baño y me quedé sentado fuera de la maloca para tomar un poco de aire. Escuché al chamán Roger que empezaba a cantar un nuevo ícaro, me precipité dentro de la maloca y él estaba delante de mi colchoneta: me senté delante de él con las piernas cruzadas y allí de repente las notas del ícaro ya no eran sonidos, algo que se escucha con el oído, sino que tomaban una forma, una consistencia y un trayecto exacto, podía percibir con una precisión milimétrica la forma de las notas, el tamaño y la parte de mi cuerpo donde entraban y sanaban. A veces llegaba a desplazarme unos milímetros para que dieran en el blanco con precisión absoluta. Ya me sentía muy satisfecho y muy feliz con este, cuando empezó la metamorfosis: empecé a ser árbol, un árbol muy ancho, echaba raíces en la tierra, crecían ramas y hojas... Yo era todo madera viva y luego me transformaba por la parte más alta en un ave gigante y en algún otro ser de la selva: no era una visión, no es que veía, sino que yo ERA selva, yo ERA árboles, yo ERA tierra, era animales, no es que me identificaba sino que era hasta lo más profundo… Luego me transformé en una forma cónica alta y en la parte de arriba había como una cara que se parecía a algún dibujo de un dios Azteca o Inca. Me fijé nuevamente en el ícaro y empecé a llorar y llorar. No era yo quien lloraba más bien era la selva lastimada, herida que lloraba. No era un llanto de desesperación más bien un dolor profundo, sin resentimiento, como si el dolor fuese no tanto por su propia herida sino por la falta de consciencia de la humanidad. Habían alrededor de 20 personas en la maloca todos tumbados y muchos ya durmiendo, eran como las 3 de la madrugada.

Los ícaros terminaron con el mío… Estaba muy quieto y las lágrimas salían solas de vez en cuando, aunque ya era yo mismo... A las tres y media decidí ir a mi cabaña porque habían demasiados que roncaban y tenia necesidad de silencio y de tocar los árboles. Al final de la noche fue que al llegar a la cabaña hay un árbol alto y delgado, lo toco y siento algo mojado, lo ilumino con mi antorcha y veo lágrimas que salen de un hueco: mi yo observador me dijo que debía ser alguna resina del árbol… igual fue muy fuerte... la selva hablaba conmigo.

Ahora estoy un poco preocupado, tengo tres tomas más de ayahuasca, pero por un lado acabaría así porque las primeras horas me costaron un esfuerzo enorme y no estoy seguro de tener tanta energía (otra vez el miedo y el pasado).

26 de agosto. Dentro de 4 horas tenemos la sesión de ayahuasca con varios chamanes, incluso los abuelos. Estoy preocupado por la náusea: somos muchísimos, unos treinta incluyendo los 6 chamanes y vamos a estar muy apretados en la maloca.

27 de agosto. No hay palabras. La maloca estaba llena. Pedí una dosis que no fuera demasiado fuerte: después de un momento de preocupación en donde esperaba la lucha de la vez precedente, me di cuenta que ya me había conectado con la selva y las plantas y ¿cómo iba a dañarme algo que estaba hecho de mi misma esencia? Empezaron los ícaros y durante un tiempo tuve visiones de la selva: esta vez no era yo la selva sino que estaba sumergido en ella. Plantas muy grandes y de vez en cuando alguna cara de animal que se asomaba. Los ícaros me mecían y entraban en mis entrañas, no tan intensos y tangibles como la vez anterior pero igualmente sanadores. La intensidad de los ícaros subió cuando cantaron juntos y allí me encontré rodeado de árboles altísimos, en círculo a mi alrededor. Los veía como árboles inmensos pero los percibía personas: empecé a llorar y algo dentro de mi decía: “he vuelto a mi casa, esta es mi familia, pertenezco a ustedes”. Una parte de mí me dice que es una locura, que me estoy sugestionando, pero mi sensación más profunda es que de alguna manera he encontrado mis raíces. Y seguía llorando de felicidad. Eso ya pasó y me quedé con la sensación. Seguía en la selva y estaba atraído por un ícaro que en mi visión era una mujer de otro tiempo que yo conocía y me llamaba. No le vi la cara pero sabía que había una relación profunda entre nosotros. Yo estaba como más arriba y ella abajo como en un pequeño valle: de repente me llegó el ícaro muy fuerte, ella estaba frente a mi colchoneta. No abrí los ojos por miedo a perderme algo, estaba sentado con las piernas cruzadas y así me acerqué muchísimo a ella, quien siguió icarándome durante un tiempo que me pareció muy largo y me llenaba el corazón. Lloraba de felicidad. Terminado el ícaro, me sopló, me tocó la cara y la cabeza y yo hice lo mismo. Es increíble la lucidez que tenía con esta mareación, aunque en esta sesión fue como si el espíritu de la planta me llenase totalmente pero sin marearme.

28 de agosto. Hoy tuvimos una charla con los chamanes acerca de las plantas maestras. Don Miguel habló sobre el kanachiari (brugmansia) que tiene este poder de hacer encontrar objetos perdidos o robados. Roger nos contó de una planta que ha dietado mucho, chaikuni rao, que tiene una capacidad de visión de las enfermedades y de sacarla como aspirándola de un cuerpo y luego escupiendo con el humo de tabaco. Santiago dice que es una planta que da alegría. Es lo mismo del toé, el que se puede fumar junto con tabaco.

Anoche al principio de la sesión recordé algunas sensaciones de la vez precedente: me había llamado mucho la atención que en un momento tuve un súbito movimiento de cabeza, como cuando tienes un choque con el coche, así repentino… Boom... Y fue como un cambio de consciencia: me hace pensar en la paliza del maestro zen que te puede iluminar. Creo que todavía estoy buscando como integrar la experiencia o quizás no debería...

29 agosto. Esta última sesión no fue tan agradable. Hice el error de comer una mezcla de verduras crudas al almuerzo y después de 9 horas las vomité tal cual. Tenía la sensación que no tenía energía suficiente para la sesión. Esta vez la interferencia de mi mente racional no me permitió despegar totalmente. Me decía que no debería esperar nada pero en realidad buscaba esa selva, los árboles enormes y eso me encantaba, pero no era el gozo de sumergirse en la selva como la vez pasada y estaba demasiado consciente de la maloca y de la gente... Tuve distintas visiones y era como si todas fueran relacionadas de alguna manera al espacio dentro de la maloca. Tuve la percepción como del lado oscuro de las personas. Caras inquietantes y figuras oscuras... Luego como un espacio de desolación, de árboles quemados... Por fin el pasaje por el lado sombra terminó y tuve varias visiones en parte relacionadas a la selva. Una con frutos de un árbol que había visto y que flotaban en el aire. Tenía deseos de volar pero no lo logré. Tenía la visión de que la maloca volaba en el aire con toda la gente, pero yo quería volar con mi cuerpo solo en el cielo. Lo único que logré fue levitar en posición yoga. Pensaba: “esto es lo que pasa cuando se dice que algunos Yogui llegan a levitar con la meditación”.

Hasta que me se acercaran los chamanes con un ícaro estaba con mucho mareo y les esperaba con ansiedad. Es increíble la importancia y el efecto que tienen los ícaros en todo el ritual, nunca podría comprenderlo sin experimentarlo.

Las puestas del sol sobre la laguna tumbado en la hamaca son maravillosas. Todo está muy quieto, a veces un águila dando vueltas muy alto.

Esta tarde en vez de los saunas con las plantas medicinales que hacíamos todos los días, nos dimos un baño con piri piri: nos echaron encima esta agua con hojas de piri piri y nos secamos al sol, debemos quedarnos con las plantas hasta mañana. Hoy los chamanes nos dieron una charla sobre los diferentes tipos de piri piri: hay cantidad, desde el que te hace aparecer hermoso delante de hombres o mujeres hasta uno con que puedes soplar al enemigo que luego se vuelve amigo. Muchos cuentos mágicos que tienen un interés más allá de lo antropológico.

30 agosto. Último día aquí, esta noche última toma. Todavía no sé si voy a tomar, creo que para mi es un ritmo exagerado. Ayer no podía digerir la cena a pesar de haber comido solo un poco de pasta y arroz. Ya empiezo a percibir la energía de la despedida. Hoy me bendijeron los pájaros. Estaba tumbado en la hamaca y vinieron muchísimos paucares, esos de color amarillo y negro que son hermosos. Quizás vinieron a despedirme.

Una nueva charla con los Shipibo, seguimos entrando un poco en este mundo mítico.

17.40 puesta del sol sobre la laguna. Intento descansar porque después de las dos sesiones maravillosas no he tenido resaca como les pasa a muchos, sino que estaba súper despierto como si hubiera tomado cuatro cafés.

31 agosto. Ya hemos terminado. Anoche nos dieron la ayahuasca que prepararon aquí el otro día. Mi sensación fue que tenía una calidad distinta de las que tomamos antes. Parecía con efecto retrasado y que no terminaba nunca. Vomité y por primera vez tuve diarrea. Muchos vomitaban, más de lo habitual, yo pensaba que como sesión final nos pusieron una ayahuasca "bomba". Total que no sé describir lo que pasó porque tuve muchas visiones pero al parecer sin ninguna coherencia. Tampoco pude experimentar el gozo de fundirme con la selva...

Lo más placentero fue durante un ícaro que cantaba Roger, delante de mi, sentía las vibraciones que penetraban en mi pecho y abrían mi corazón al amor: estas son palabras, pero la sensación de amor y de agradecimiento era muy muy profunda. Quería que no acabara nunca, era un abrirse a la capacidad de amar más allá de lo personal...

Vi muchas caras que se transformaban rápido desde caras algo demoniacas hasta otras más o menos conocidas y a veces mi cara misma de varias edades. Quizás era como una integración de cualquier aspecto pasado, presente y futuro, era como decir todo está siempre aquí en este mismo instante. Todavía me siento un poco mareado.

Esta mañana nos dieron a cada uno una plantita de chacruna para sembrarla. Nunca me hubiera imaginado sembrar algo en Amazonía y menos la chacruna. Los compañeros italianos preparan pizza para el almuerzo de despedida.

1 septiembre. Al despedirme salieron lágrimas... Los voy a extrañar mucho. Caminando por Lima todavía me siento algo mareado y realmente me cuesta acostumbrarme a tanto cemento, caminar y no percibir aquella magia.


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