Sobre los Shipibo

La idea de una tribu perdida en los confines de la selva, de hombres y mujeres con los cuerpos desnudos y pintados, en armonía con la naturaleza, es muy literaria pero poco real. La Amazonia, salvo algunos lugares recónditos, es un lugar colonizado, y las culturas indígenas que la habitan ancestralmente están integradas en mayor o menor grado a la sociedad de economía de mercado. Escuelas, postas médicas, censos, proyectos de desarrollo o investigaciones antropológicas, son habituales desde hace décadas en la mayor parte del territorio amazónico. Pero ese hecho no menoscaba el impresionante bagaje cultural que atesoran los shipibos, uno de los grupos étnicos más interesantes y asombrosos de toda la cuenca amazónica. los shipibos son gente generosa, de exuberancia incomparable, y siguen aferrados a una forma de vida basada en la familia y la naturaleza que les rodea, manteniendo con orgullo las prácticas culturales que les han hecho famosos en el mundo entero: el chamanismo y la artesanía.

Los shipibos pertenecen a la familia etnolingüística pano, como sus vecinos conibos con los que están estrechamente emparentados. No fueron los primeros ocupantes de la fértil ribera del Ucayali, ocupada previamente por otros grupos, pero se las ingeniaron muy bien para conservar cierto control del territorio hasta el momento actual, en el que luchan por integrarse en la sociedad globalizada de economía de mercado sin perder sus raíces. Si algo distingue esa forma de vida que tratan de conservar es la proverbial autonomía que les brinda el bosque en el que (y del que) viven. Gracias al conocimiento adquirido de sus padres y abuelos, los shipibos pueden cazar, pescar, hacer chacra, cocinar, construir sus casas y canoas e identificar remedios vegetales para sus enfermedades, es decir: comida, resguardo y curación. A partir de este conocimiento pueden formar su familia y, sin muchas complicaciones, vivir bien. De esta forma hasta hace poco el dinero no era necesario para llevar una vida completa y feliz, de abundancia; de hecho la irrupción del dinero ha venido acompañada por grandes tensiones.

Antes, cuando no había dinero y la naturaleza era prodigiosa si en un pueblo un pescador capturaba un paiche (ese enorme pescado de laguna, de deliciosa carne), se lo entregaba a su mujer y cuando estaba cocinado gritaba en voz alta: “¡¡Vengan a comer!!”, e invitaba al resto de los vecinos, que a su vez traían otros alimentos. Se sentaban en el suelo, sobre esteras tejidas con hojas de palma, hombres por un lado, mujeres por otro, y con la mano, compartían la comida de grandes platos. El concepto de comunidad tenía sentido en la cotidianidad. Pero la comunidad era un espacio de solidaridad, no de obligatoriedad. Cada hombre, cada mujer, cada familia, decidía sobre su tiempo y su trabajo con absoluta libertad: el curaca era un hombre de una gran influencia, un gran trabajador cuyas propuestas encontraban eco en los vecinos pero no daba órdenes, ni leyes, ni era necesario ejercer la represión.

Entonces los hombres vestían sus largas cushmas, tejidas por sus mujeres con algodón natural, adornada con los misteriosos diseños. Entonces los hombres usaban el arco y la flecha para picar grandes pescados como la gamitana, el paco, la doncella, manjares exquisitos que nunca faltaban en las casas. Con ese mismo arco salían de sus pueblos y al rato encontraban manadas de huanganas, el cerdo salvaje de carne deliciosa. Otro día trabajaban en el platanal, o en el yucal; los veranos sembraban arroz y maní, y sandía, y nuca faltaba la piña y la papaya. Si la necesidad de un machete o un hacha apremiaba, unas semanas sacando troncos de cedro o caoba para el patrón, o en alguna explotación agrícola garantizaba los soles necesarios para la compra. Y luego por las noches, los cantos del chamán sonaban en todo el pueblo, recordando a los vecinos que uno de los suyos estaba tejiendo alianzas con el otro mundo.

Entonces las mujeres vestían el tradicional chitonti, la falda bordada cuyo uso es aún hoy muy habitual. El papel de la mujer shipiba era (y sigue siendo) central en la cultura. En términos antropológicos, es una cultura matrilocal, es decir, que cuando una mujer conseguía su hombre éste se iba a vivir a casa de la madre de ella. El resultado de esto es que en cada casa vivían las mujeres de la familia (abuela, hija, nietas) y los hombres venían de otros pueblos y no tenían relación de parentesco entre ellos, por lo que la fortaleza que brindaba esta unión a las mujeres era proverbial. Dueñas de la casa, las mujeres permanecían en la casa la mayor parte del tiempo, cocinando, atendiendo a los niños, trabajando ocasionalmente en la chacra, tejiendo ropa y elaborando platos y tinajas. El entorno doméstico les brindaba su poder, como se puede comprobar hasta el día de hoy conociendo alguna familia: las mujeres en pueblos como San Francisco de Yarinacocha no sólo se ocupan del funcionamiento del hogar sino que con sus artesanías generan los ingresos monetarios necesarios para cubrir los gastos de la educación de los hijos.

Es por esta independencia femenina que resulta aún más chocante una costumbre desaparecida hace medio siglo, cuando a las pre-púberes se les cortaba el clítoris y los labios menores. ¿Subordinación femenina? Antropólogos y antropólogas (como Carolyn Heath o Gebhart Sayer, con larga experiencia entre shipibos) se oponen a esta idea, pero ninguna ofrece una explicación convincente del porqué de esta antigua costumbre. Cuando el fenómeno se produce en África, está asociado a una cultura patriarcal, pero aquí nos encontramos ante una de poder femenino.

El corte del clítoris tenía lugar en el seno de la fiesta por antonomasia de los shipibos, el ani sheati, que literalmente significa la gran libación, aunque más valdría traducirlo como lo que realmente desencadenaba: una gran borrachera. Los organizadores eran la familia cuya hija iba a ser circuncidada, e invitaban a centenares de invitados de pueblos shipibos lejanos y cercanos. Para ello preparaban el evento a veces con años de antelación, sembrando caña y yuca para preparar el guarapo y el masato, construyendo casas para albergar a los invitados, cazando las semanas previas. Una gran fiesta en la que los hombres resolvían sus disputas por mujeres, se sacrificaban animales, se medían fuerzas en luchas y punterías en concursos… Una catarsis colectiva. Pero el ani sheati, como tantas otras cosas, es sólo un recuerdo en la memoria de los más viejos. La presión demográfica, la quimera de la economía de mercado, el poder seductor del dinero y la fiebre del desarrollo, han conducido a la deforestación y la escasez de caza y pesca. En vías de desaparición está una forma de vida sin dinero, sin jefes, sin horarios, sin acumulación, de fecunda naturaleza.

Algunas tradiciones se perdieron, otras peligran y otras siguen teniendo gran importancia, como los diseños con los que las mujeres decoran todos los objetos culturales. Los chamanes, al sumergirse en ese mundo de formas y colores que abre la mareación de ayahuasca, regresaban de sus viajes con los bellísimos y refinados diseños que contaban a las artesanas, y que éstas trasladaban a sus artesanías: sus faldas, mantas, túnicas, cerámicas… “Estos diseños representan el mundo y el pensamiento”, explica la médica tradicional y gran artesana Ida Ramos. Pero los diseños no son sólo una representación del mundo; a un nivel más prosaico, estas artesanías se han convertido en la fuente principal de ingresos de muchas familias. Probablemente no existe en toda la Amazonia un grupo étnico cuyas artesanías hayan despertado tanta admiración en el mundo como las de las mujeres shipibo. Sus intrincados diseños, sus telas pintadas con mano sabia, su capacidad para bordar fueron heredados de sus madres, les sirven hoy en el escenario de la economía de mercado globalizada para afirmar su independencia respecto al hombre.

De todas las artesanías que elaboran, la más representativa es el chitonti, o falda típica. Las shipibo son una de las pocas mujeres amazónicas que aún utilizan sus vestimentas tradicionales; se han dado cuenta de que cuando salen a las ciudades a vender sus artesanías, su chitonti constituye un reclamo para posibles clientes al tiempo que un sello de calidad. Antiguamente esa capacidad de bordar tenía otros propósitos como recuerda Roger: “Su forma de vestir era lo que más nos atraía a los hombres antes. El diseño y el bordado de las faldas demostraba su inteligencia, su mano para bordar y para terminar bien un trabajo. Claro que la mujer tenía que estar preparada para cultivar y ayudar, pero si el diseño era bueno, entonces la mujer podía ser una buena esposa”.