La selva de Ucayali

La exuberancia que se acaba

La Amazonia peruana constituye la trágica evidencia de la insaciable voracidad occidental. En seis décadas de colonización y “desarrollo”, lo que era un vergel sin parangón deviene poco a poco en un paisaje depredado. El pescado comienza a escasear, los animales huyen, la amenaza contaminante de la extracción petrolera se extiende y la deforestación avanza a marchas forzadas. Pero aún no es suficiente; el gobierno peruano promete más desarrollo y favorece la entrada de grandes multinacionales.

El río Ucayali es la madre del Amazonas, que nace cuando aquél se une con el Marañón cerca de Iquitos. La cuenca del río Ucayali, territorio ancestral de los shipibos, constituye la región más rica en naturaleza de toda la Amazonia. La razón de esta abundancia radica en la cercanía de Los Andes; en su fluir el río arrastra los ricos sedimentos de la joven cordillera y los va depositando, con las inundaciones estacionales, más allá de ambas orillas, pues en la época de lluvias, el río crece tanto que inunda kilómetros y kilómetros a ambos lados; cuando llega el verano baja el río y las tierras inundadas quedan entonces secas, provistas de una fertilidad asombrosa. Los primeros cronistas españoles de la región se admiraban de la extrema riqueza natural:

Se puede reputar por un deleitoso vergel, abundantísima de cacao, vainillas y diversos géneros de habillas purgativas, cocos de diferentes géneros, mucho árbol de chonta, cedrón, nogales, pinos, canelas, ispingos, cañas fistola, achiotillo, avellanas como las de Chile, incienso, miel de abejas, cera negra, y un género de copee con que se alumbra con sólo pegarle fuego en un tiesto, mucho árbol de María, coyol; tigres, leones, leopardos, hartas culebras, monos de diferentes géneros, venados, jabalíes, sajinos, yucas, camotes, caña dulce, papayas, plátanos de la tierra, maíz, piñas, jíquimas, palomas torcazas, diversos géneros de ajíes de picante muy gustoso; grande abundancia de aves volátiles de varios colores y cantos suavísimos, como son tordos, urracas, papagayos, guacamayos, paujíes, pavos reales y otros infinitos, con cuya variedad de cosas se hace sumamente apacible y deleitable todo el país referido.

El vergel duró en todo su esplendor hasta la segunda mitad del siglo XX. Entonces, milenios de abundancia comenzaron un declive propiciado por la voracidad de la colonización que, con la carretera que en 1943 conectó Pucallpa con el resto del país, llegó para explotar la selva peruana, hasta entonces prácticamente virgen. Así fue como comenzó la triste historia, tantas veces escuchada a lo largo y ancho de este mundo loco, en lucha con la Madre Naturaleza. “Antes no era así”, recuerda con nostalgia Bernardo Agustín, de 70 años, de la comunidad shipiba de San Francisco de Yarinacocha, cerca de la ahora monstruosa ciudad de Pucallpa. “Antes había pescados grandes y uno podía cazar sus animales aquí nomás, pero ahora ya no hay pescado en la laguna. Ahora hay que comprar el pescado”. Si en 1943 Pucallpa era una aldea de un millar de habitantes, ahora es un centro poblado de medio millón de personas entregadas a la cultura del desarrollo: hay que producir, y para producir, se quiera o no, hay que destruir la naturaleza.

Andrés Castillo es uno más de esos miles de peruanos que, desde otras regiones del país, llegó a la selva en las últimas décadas. Ingeniero agroforestal e investigador de la Universidad Nacional Intercultural de la Amazonia, su experiencia le hace ser “pesimista” respecto a una reversión en este proceso destructivo. Recuerda cuando comenzó a trabajar a mediados de los noventa en el bosque nacional Alexander Von Humboldt, un área protegida que entonces contaba con 640 mil hectáreas de extensión. Diez años después la colonización ilegal ha convertido la mitad de esa extensión en suelos de uso agropecuario. “Se hace por la necesidad, por el problema social que significa el aumento de la población, la presión de la migración; pero es un mal uso. Los suelos de la Amazonia no son apropiados para la agricultura. El primer año cultivan arroz, maíz, yuca, plátano; esto va a durar dos años y de ahí lo abandonan y buscan otro sitio, y en un período de cinco o diez años vuelven al primero, pero ese suelo, cuanto más uso se le dé más se va deteriorando. La regeneración es cada vez más difícil porque el bosque está cada vez más lejos y las semillas ya no llegan con facilidad”.

La explotación maderera, principal actividad económica en la región, es otro de los motores de la destrucción. Un viaje en lancha por cualquiera de los grandes ríos de la Amazonia peruana ofrece unas orillas devastadas; el viajero no verá cien metros de bosque primario en el margen. El cedro y la caoba, especies preferidas por su durabilidad y ductilidad y antaño abundantes, han desaparecido. “La caoba la encuentras en la frontera con Brasil”, explica Mauro Scavino, gerente de la Asociación de Productores Madereros de Ucayali. “Pero es difícil porque cuando hubo la explotación de la madera hace cincuenta años lo único que se sacaba era caoba y cedro. Se acabó. Para sacar ahora hay que hacer muchas carreteras, mucha inversión”. Carreteras de ochenta kilómetros hacia el interior de la selva, con el tremendo impacto que las carreteras y el tránsito provoca. Aunque Scavino confiesa que el bosque está “en franco retroceso”, defiende a los suyos: “Nosotros no le hemos hecho gran cosa al bosque, pero es a los madereros a los que nos ven, porque traemos la madera. Pero la gente no ve la destrucción que produce la agricultura migratoria y la ganadería”.

“Los madereros entran a talar madera y los animales se ahuyentan y se van lejos”, explica la consejera shipiba del gobierno regional de Ucayali, Margot Ramírez. “El cazador ya no encuentra su animal. El pescador ya no encuentra pescado. La contaminación… La tierra está cansada porque ya no hay árboles y el sol se va contra la tierra y mata todos los abonos que están ahí. Es una situación crítica”. Testigos mudos durante largo tiempo de esta explotación despiadada, en la actualidad los shipibos consiguen hacer oír su voz en las instituciones gubernamentales. Su lucha es ante todo por el control del territorio. “Hace cincuenta años los indígenas teníamos acceso a un amplísimo territorio. No había prácticamente colonización. A pesar de que no teníamos un título éramos dueños de la tierra: vivíamos, habitábamos, cazábamos, producíamos”. Aunque se ha logrado titular a favor de las comunidades nativas unas doce millones de hectáreas (cifra que representa un quince por ciento de la extensión de la selva), en la actualidad el territorio está fragmentado y limitado por vecinos colonos, fincas ganaderas, explotaciones madereras. Además se suman otros problemas propios del modo de vida industrial desarrollado: las basuras, los vertidos, los productos químicos. “Las comunidades nativas que están a la orilla del río beben agua no tratada, agua del río. Los niños tienen diarrea, infecciones intestinales, fiebre, y algunos mueren. Antes había menos contaminación. En estos tiempos, se bota en el agua todos los desperdicios, plásticos, venenos”. Lejos queda la prístina naturaleza de los ancestros de Ramírez, gracias a la que surgió una sociedad de abundancia, sin dinero, sin jefes, sin acumulación.