Cuento 2

No le importaba que fuera tiempo de lluvia y reinaran el agua o el barro; si al abuelo José López le invitaban a una fiesta, se vestía puntualmente de blanco, camisa y pantalón, desafiando las más que probables manchas. Antes de salir le encomendaba a su joven nieto una misión de importancia capital:

–Cuando tu abuela y yo estemos borrachos y ya no podamos más, tú te encargarás de traernos de vuelta a casa en la canoa –lo que, por cierto, era la función que desempeñaban muchos de sus amigos.

A los quince años Roger no podía tomar parte en esas grandes borracheras comunales a base de guarapo. Atención: el alcohol estaba prohibido (por dañino) y la ayahuasca controlada (por medicina). Pero aunque no podía emborracharse (sí podía tener su mareación ayahuasquera), le gustaba acompañar a sus abuelos. El bombo y la flauta, las peleas y las discusiones, las bromas sexuales. Su abuela bailando a saltitos y su abuelo borracho hasta perder el sentido. Entonces, con el blanco inevitablemente maculado, arrastraba a sus abuelos a la canoa, cruzaba la comunidad inundada, y los devolvía como podía a la casa, donde trataba de meterles dentro del mosquitero, aunque no siempre lo lograra.

A casi todos los vecinos les gustaba mucho la borrachería, y no perdían oportunidad de pegarse una buena de vez en cuando. Nadie consideraba que se estuvieran haciendo algo reprobable. ¿Nadie? Bueno, no exactamente “nadie”.

En Roaboya, como en muchos otros pueblos de la selva, se había instalado años atrás un grupo de misioneros evangélicos estadounidenses. Yo no sé si eran adventistas del séptimo día, anabaptistas o metodistas. En realidad da un poco igual saber cómo se autodenominaban, porque al fin y al cabo, por lo que me han contado, era más de lo mismo:

–¡La ayahuasca es el diablo!

–¡Dios condena la ebriedad! ¡Irán al infierno!

Y que si la Biblia por aquí, que si Dios por allá, con sus bonitas ropas, su altura rubia, sus ojos azules, sus hidroaviones, su misteriosa radio, su gran casa bellamente construida.

–¡Somos pecadores! ¡Somos culpables! ¡Tenemos que estar preparados para la segunda venida de Jesús!

–Acá somos pobres, pero en el cielo seremos ricos.

La iglesia era el centro: llegaban ropas, llegaban víveres. Los vecinos se acercaban a ver si les caía una camisita y recibían también un sermón entusiástico y convincente. La iglesia se llenaba; muchos decidían sumarse a la nueva religión.

–Para los hijos de ustedes tenemos un centro de preparación bíblica. Allá pueden ir a estudiar. Nosotros les damos alimento, ropa, movilidad; así ellos serán pastores, para que vayan a ayudar a sus hermanos.

Los muchachos aprendían acerca de las torturas de Jesús y la ira divina.

Llegaban productos manufacurados, medicinas, azúcar y sal.

Cantos y danzas, juegos para todos, gaseosas, meriendas, alabanzas, un médico.

El gran poder de atracción de la iglesia evangélica: objetos.

La gente le robaba tiempo a la pesca, a la chacra: esperaba su comida enlatada.

Los médicos dejaban de serlo; los que quedaban eran buscados clandestinamente.

El abuelo José López se sintió tentado a dejar su “diabólica brujería” por un pantaloncito. No lo hizo. Con su nieto seguía tomando ayahuasca y dedicándose al monte.

En invierno, con la creciente, se trasladaron a la Cocha Suavi (la misma en la que Roger fue embrujado por andar jodiendo en los putuputus), levantaron su tambito y, con la abuela y un primo de Roger, permanecieron allí un par de meses, sacando madera para el patrón. Cedro y caoba. El cedro abundaba entonces; la caoba no escaseaba. Ésas eran las dos maderas que abuelo y nietos buscaban, tumbaban y vendían.

–Hoy tienes que buscar diez caobas –le encomendaba el abuelo.

El muchacho se subía a su canoa y remaba por caños y tahuampas, porque los palos tenían que estar al lado de un curso de agua, para que una vez en el suelo, trozados a la medida comercial, fueran acuáticamente transportados hasta la cocha, donde se ataban para formar grandes balsas. ¡Qué contento se ponía el abuelo cuando Roger encontraba un ejemplar grueso! Al final de aquella creciente, lograron reunir la cantidad de cincuenta caobas.

Luego, como todos los años, aparecía por allí el patrón con su bote a motor e iba sacando el cargamento hacia el río, para venderlo en Pucallpa. Si había pieles de sajino o paiche salado el patrón también lo compraba. Así José ganaba una platita, pero siempre modestamente. El patrón, aunque muy querido, seguía aprovechándose de la ignorancia de José para fijar unas condiciones nefastas. La solución del yute, que en aquel tiempo era el cultivo con gran proyección internacional que iba a sacar de la miseria a los pueblos indígenas no pasaba de ser la quimera de turno, como lo es hoy en día el camu camu. Los pacientes de José pagaban poco y si eran paisanos solían hacerlo con trabajo, con caza o con plátano. En la casa seguían abundando platos, cuencos y ollas de barro. El plástico y el metal tenían una reducida presencia. Mucha de la ropa de Roger estaba hecha con tela de costal de harina.

Ante la precaria situación monetaria, Roger no dejaba de sentir una cierta insatisfacción. Tanta madera que vendían, las chacras tan grandes, los animales que mataban, los pacientes que curaban, y sin embargo no salían de la escasez. Su inquietud se acentuaba cuando algún patrón traía a sus hijos de la ciudad para que José les diera protección espiritual; les veía venir tan pitucos, con sus ropas coloridas, sus tenis limpios, sus gafas de sol, comiendo dulces y tomando gaseosa, estudiantes que no sabían lo que era el trabajo… Entonces Roger no podía dejar de comparar a su gente con los mestizos: “¿Por qué los mestizos están así? Tienen sus bodegas, sus motores, sus triciclos, buena casa. ¿Por qué un shipibo no tiene eso? ¿Qué es lo que está faltando? ¿Qué es lo que pasa? ¿O no tenemos la capacidad para estar al nivel de ellos? Yo sí tengo capacidad, eso lo sé. No me falta la inteligencia. Soy igual que ellos, sólo que me falta capacitar, tengo que aprender la tecnología, la enseñanza científica, tengo que tener un estudio superior. De ahí salgo yo y voy a conocer la realidad del mundo y la realidad de Perú”. Roger intuyó la importancia de proseguir su formación académica, pero no tenía padre, y su abuelo no sabía desenvolverse en ese nuevo nivel de escuelas y ciudades.

A Roger, su abandono le hería profundamente, siempre pensaba en superarse, en triunfar. Algún día se cobraría el amor que le debían.

Una oportunidad se presentó al muchacho. Un mestizo llamado Pancho Masa, paciente habitual del abuelo, amigo, se ofreció a llevarlo a Pucallpa. Allí trabajaría para él y asistiría a un colegio de la ciudad.

–¿Quieres ir? –le propuso el abuelo.

–Sí quiero –determinado.

–Vete, estudia, yo no quiero que tú seas como yo. Quiero que tú seas otro hombre. Pero nunca te olvides de tu cultura, nunca ignores tu raza –el abuelo estaba emocionado–. Los mestizos son malos, tienen mucha enfermedad. Tienes que ser sano. Tienes que centrarte en tu vida para que seas otro hombre. Tienes que respetar, tienes que estudiar, tienes que ayudar, no tienes que robar.

Cuando llegó a Pucallpa, Roger apenas podía mantener una conversación en castellano. Mucho se rieron de él; la primera vez al día siguiente de su llegada, cuando la mujer de Pancho Masa, recién llegada de Lima, le preguntó que cuándo había llegado:

–Mañana –contesto él.

Error lógico, pues la misma palabra, bakish, designa en su idioma ayer y mañana.

Roger tuvo que acostumbrarse a las burlas. En el colegio eran especialmente crueles.

–¡¡Chama!! –le decían, aunque ni los ofensores ni el ofendido conocían el significado de esa palabra.

–¡¡Indio!! –ése sí sabían.

–¡¡Haragán!! –ése también.

–¡¡Cochino!! –y ése.

Le pateaban los cuadernos, le tiraban las carpetas, le jalaban de los pelos de la corona. Roger no reaccionaba. Sonso, quedado.

Cuando llegaba a casa de su protector, lloraba amargamente.

–Tengo miedo de ir al colegio, no quiero ir porque me maltratan mucho –le confesó un día a Masa, buscando desahogo. Pero tampoco en casa de Pancho Masa la situación era muy favorable. Se trataba de una adinerada familia de comerciantes, con un hijo y dos hijas muy pitucos, de la edad del recién llegado. Roger entró en la casa como sirviente. Se levantaba mucho antes del amanecer para trapear toda la casa. A las seis se dirigía a la cocina, a preparar el desayuno. A las ocho estaba en clase, donde recibía insultos y empellones y no entendía nada. Regresaba al almuerzo y se iba a uno de los comercios de su patrón hasta las seis de la tarde. Más trabajo, algo de estudio, y a dormir.

Pasaron los días; Roger comenzaba a insensibilizarse. Pensaba: “El trabajo que hago aquí no me va a hacer correr porque yo con diez años ya hice trabajos muy pesados y fuertes, en la madera, en el maizal, arrozal. Yo vadeaba el río Ucayali solo a las seis de la mañana; yo me iba a espantar pájaros a la chacra de mi abuelo. Trapear y barrer, ¡qué cosa para mí!”. Así se daba fuerza.

En una ocasión, se encontró en la calle con un vecino de Pancho Masa:

–¿Por qué trabajas así? –le interpeló–. Tú no eres esclavo, tú trabajas como un animal. ¿Por qué no te vas a tu pueblo? Te está tratando muy mal.

Pasaron las semanas; los oscuros nubarrones fueron abriéndose para dejar paso a rayos de luz.

En el colegio, en un recreo, se armó de valor y le pegó una soberana paliza a uno de sus acosadores. Comenzaron a respetarle.

¡La comida! Roger pensaba con regocijo en la hora del almuerzo: fideos, huevo frito, papa, carne de res y de chancho. Comidas que su paladar nunca antes había catado.

Pancho Masa empezó a mostrarle simpatía. Un día dejó caer dinero, como sin darse cuenta, cerca de donde Roger estaba; éste lo cogió y se lo devolvió automáticamente. A medida que se ganaba la confianza, y se prolongaba la estancia, a Roger le llegaba una ropita, un cinturón e incluso unos tenis de famosa marca.

Pasaron los meses. Roger comía en la mesa familiar y por la noche, después de la cena, repasaba la lección con los hijos de Masa, que le había cogido definitivamente cariño.

–Tienes que formarte y prepararte para que alguna vez tú tengas esa capacidad de trabajar, ahí te acordarás de mí –decía su mentor–. Yo no te estoy haciendo esto por tu mal sino por tu bien. Porque tu papá, tus abuelos, tu cultura, no es así… Yo entiendo el trabajo de otra forma y tú tienes que entenderlo así también. Yo te estoy tratando como mi hijo. Te estimo, eres inteligente y te voy a preparar, para que un día puedas tener hijos y esposa, tu propia familia.

Aunque le hacía trabajar mucho, Roger también estimaba a Masa.

Cuando terminó aquel curso, Roger regresó a pasar las vacaciones a Roaboya. Muchas cosas habían cambiado. Para empezar ya no soportaba tan bien la monotonía del menú casero: plátano y pescado. Previéndolo, traía consigo algunos víveres (pero duraron poco).

Sus primos y sus familiares le trataban con una consideración especial.

–Primo, cuéntame cómo es la ciudad, cómo son las mujeres, cómo es el carro, cómo es la comida allá –le acosaban a preguntas, aunque lo que más les preocupaba era la relación con los mestizos. Dos jóvenes de la edad de Roger habían intentado estudiar en Pucallpa pero no pudieron soportar la discriminación.

–Pucha, primo, ahí los mestizos son muy malos. Te insultan, te pegan –confirmaba Roger.

–¿Y qué te dicen?

Él les explicaba.

De todas las novedades, una le afligió especialmente: su abuelo José, el gran médico del Bajo Ucayali, seducido por los misioneros evangélicos, había botado sus pipas y había dejado de tomar ayahuasca. Ya tenía otro pantalón blanco.

Roger se encaró con el abuelo:

–Abuelo, no es así. Tú no puedes dejarlo. Nosotros… La enfermedad que nos hace nuestra naturaleza, no la vamos a solucionar orando. Es un lindo camino esta otra visión nuestra. Yo quiero dietar. No seas así.

Pero el abuelo no le escuchó y durante los siguientes cinco años abandonó completamente la medicina ancestral. Asimismo, muchos de los vecinos de Roaboya siguieron girando en torno a la iglesia, a sus latas, metales y plásticos, dando la espalda al monte y al sudor de la frente.

Roger siguió estudiando en Pucallpa y regresando cada verano. Unos años después entraría a estudiar Educación en Yarina y al graduarse obtendría su puesto de profesor. Para entonces el abuelo había vuelto a tomar ayahuasca, y por unos años (los pocos que le quedaban antes de morir) pudo seguir transmitiendo a su nieto los tesoros de un conocimiento cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos.