Cuento 1

Cuando tomó conciencia de que a los cuatro años había sido abandonado por sus padres, Roger determinó que sus logros en la vida les harían arrepentirse y regresar a él para ofrecerle el amor que un día le negaron. ¿Es que acaso son los espíritus atormentados los que encuentran más motivos para abrirse paso y destacar en este mundo hostil? Sí, Roger conoció el abandono, y ese primer golpe le preparó para enfrentarse a la vida como una lucha de obstáculos. Perdió a sus padres, quienes rebotados de un matrimonio pactado y una convivencia azarosa, decidieron separarse para buscar mejor fortuna en otros paraderos; pero ganó a su abuelo José López, un hombre de otro tiempo, sereno y poderoso, el último curaca de Roaboya, el chamán más prestigioso del Bajo Ucayali.

Roger estaba destinado a suceder a su abuelo pero poco después de nacer, un militar revolucionario había legislado en Lima que los pueblos shipibos serían comunidades nativas y que el curaca debía dejar paso al jefe de comunidad, el teniente gobernador y el agente municipal, todos elegidos democráticamente. Tal vez el general Velasco Alvarado había acabado sobre el papel con la legalidad del curaca (cuyo poder descansaba en su conocimiento, su capacidad de trabajo y su generosidad), pero su espíritu perduró en hombres como José, hijo del fundador de la comunidad en los años cuarenta.

A José López no lo desminuyo la aparición de las nuevas autoridades: seguía impartiendo justicia junto a los más viejos y sabios; era el primer invitado en las fiestas de los pueblos cercanos; promovía enormes chacras en las que ofrecía trabajo a todos los vecinos a cambio de una retribución más que justa; seguía organizando grandes fiestas para todo el pueblo. Ése fue el espíritu desafiante y magnánimo bajo cuya protección creció Roger. José sólo pudo transmitirle una sabiduría de antaño: la ayahuasca, la caza, la pesca, la madera, la chacra; pero precisamente uno de esos conocimientos ancestrales, el de la ayahuasca y los remedios vegetales, le serviría a Roger para convertir en oportunidades las amenazas que llegarían con el gran escenario interconectado.

Roaboya era un pueblo grande, situado a la orilla del Ucayali, a medio camino entre Pucallpa y Contamana, las dos ciudades más importantes de la región. Puede ser que contara con sesenta casas; la de José era la más grande, porque en ella no sólo vivían él, su mujer, Roger, un par de hijas con sus respectivos maridos y los consiguientes nietos, sino que era habitual que se hospedaran los pacientes que, llegados desde otros pueblos buscando curación, se sometían a tratamientos que en algunos casos duraban meses. Era una casa sin paredes, de casi veinte metros de largo, con techo de hojas de palma y suelo de pona, con otra casita adyacente como cocina.

Casi todas las noches había ceremonia; se celebraba en el patio si la noche era propicia, sobre esteras u hojas de plátano, en el suelo. Roger estaba acostumbrado a la liturgia: la luz titilante del lamparín de kerosene, el círculo irregular de pacientes y ayudantes encabezado por el abuelo, enfundado en su bella cushma, las bromas previas, el humo de tabaco, los ícaros silbantes sobre la medicina, el silencio creciente. Luego la oscuridad, la quietud de la noche sobre el ritmo amortiguado de la selva, el palmoteo resignado contra la nube de zancudos. La llegada del canto, el cese las palmadas. El olor del agua de florida como una burbuja protectora, las reconfortantes sopladas de tabaco. Los vómitos, los cantos.

Roger participaba frecuentemente. Desde que era niño, su abuelo le daba una cucharadita de ayahuasca.

–Abuelo, quiero tomar más –le pidió una noche.

–No todavía. De poco a poco la ayahuasca va enraizando en tu cuerpo –dijo el abuelo–. Cuando crezcas un poco más, a los quince años, te voy a dar una mareación fuerte, para que tú puedas visionar. Mientras tanto, tú vas a estar como en un sueño.

Roger se tendió sobre su espalda y se quedó dormido. Soñó con sus abuelos, a los que acompañaba a visitar a pacientes. Estaba en una ceremonia, rodeado de grandes chamanes, vestidos con cushmas marrones, que le invitaban a tomar ayahuasca; él lo rechazaba, porque se sentía demasiado pequeño aún y tenía miedo. Una joven muy hermosa comenzó a cantar a su lado, protegiéndole y enamorándole. Se subió a un gran barco, que navegaba por debajo del agua; en cubierta le acompañaban soldados y princesas. Un comandante era su instructor. “Ya es la hora. Vete”, le despidió.

Roger despertó. La ceremonia estaba finalizando. Le contó el sueño a su abuelo.

–El barco es el espíritu de la anaconda –le explicó.

Roger fue aprendiendo.

En 1982, con trece años, concluyó la educación primaria. Para entonces ya era todo un muchachito, y cuando sus amigos, o los amigos de sus abuelos, llegaban a la casa, era para él un gran orgullo enseñarles su flamante remo, su anzuelo, su balista, su flecha y su canoa, adornada por su abuela con lindos diseños de la anaconda, gruesos y cuadrangulares.

Armado con sus instrumentos, protegido de los peligros del monte por las alianzas que el abuelo establecía con los espíritus de la naturaleza, Roger disfrutaba surcando caños y cochas acompañado por sus primos y amigos. Para probar su valentía cruzaban la Poza de la Anaconda y no era raro ¡¡¡bbrrrrrr!!! que escucharan el sonido del gran animal deslizándose ruidosamente para entrar al agua, o que observaran en la superficie ¡burpp! ¡burpp! grandes burbujas que delataban su presencia. Aunque los viejos les habían prohibido que pescaran en Cocha Perdida, cuyos espíritus habían demostrado ser especialmente irascibles, Roger se atrevía con todo, desafiaba a la enfermedad y con su flecha picaba cuatro grandes palometas antes de regresar a su casa.

El territorio estaba sembrado de peligros y amenazas. Una noche los vecinos de Roaboya se despertaron con un bramido que parecía salido de las entrañas de la tierra. A la mañana siguiente cuando fueron a ver, encontraron que una pequeña poza había cuadruplicado su tamaño: la tierra de las orillas se había venido abajo. La cocha fue bautizada como la Cocha del Diablo.

Pero Roger sólo se avino a respetar las prohibiciones después del día en el que fue a por camungos, los grandes pájaros negros con cuyos polluelos, gorditos y divertidos ¡¡uh!! ¡¡uh!!, le gustaba jugar. Los atrapaba entre los putuputus de la Cocha Suavi y los llevaba a la casa, aunque mil veces el abuelo le había dicho que los putuputus eran la casa del gran lagarto negro y la boa.

Aquel día Roger corrió entre los putuputus, desafiando a los peligrosos animales.

–¡¡Qué vacilón!! –gritaba y hacía ruido, y buscaba camungos, inconsciente.

Hasta que sintió como si por un costado le hubiera entrado una bala de fuego.

Por la tarde, ya en su casa, se revolvía con fiebre.

–¿Qué ha pasado? –le preguntó el abuelo al verle con tal dolor.

–Me ha embrujado…

–¡Ajá! ¿Adónde te has ido?

Roger le contó la verdad; el abuelo se enfureció.

–¡Tú no sabes porque no has tomado ayahuasca! ¡Carajo! ¡No sabes!

El abuelo agarró su pipa de tabaco y su agua de florida. Icaró la pipa, fumó el tabaco, sopló el humo, chupó sobre la zona dolorida y escupió. El dolor se mitigaba mientras Roger no tenía más remedio que escuchar la reprimenda.

–Eso es brujería que envíang los dioses de la anaconda, porque ellos están tranquilos y tú vas a molestar. Por ejemplo, tú estás durmiendo y uno que venga a gritar: “¡¡Ahh!! ¡¡Carajo!!” ¿Qué harías? Le metes un correazo o le mandas a tu perro. Igualito, ellos también están tranquilos y nosotros les molestamos.

Mientras le daba consejo, el abuelo siguió chupando. Al poco Roger se sintió notablemente aliviado.

–Nunca andes en un lugar así –continuó el abuelo–. Ahí hay hombres, humanos como nosotros, y ustedes están molestando sus pollos.

Ambos el abuelo y el nieto tenían un carácter fuerte e independiente. A veces a Roger le asaltaba un humor aciago. Se sentía en lucha con un enemigo invisible. Una madrugada su abuelo le sacó del sueño para que le acompañara a por leña. El muchacho se quedó en silencio, como si no hubiera oído.

–Levántate y acompáñame a traer leña –la voz del abuelo volvió a sonar, ahora imperiosa.

Roger se revolvió en su lecho, dentro del mosquitero.

–¡Que nooo…! Estoy cansado abuelo, quiero dormir.

Según pronunciaba las palabras se dio cuenta de su impertinencia; traería consecuencias. Lo que no esperaba era que el abuelo permaneciera callado y se marchara sin decir nada más.

Un par de horas después llegó el abuelo con la leña. Roger le miró sentarse en una esquina y preparar dos remedios. Uno se lo hizo tomar y el otro se lo sopló por la nariz. En un minuto Roger estaba fuera de la casa, doblado por la mitad, vomitando. El abuelo desplegó una enérgica ira, a su lado.

–¡Tú eres un haragán! Me has faltado al respeto. Nunca tiene que ser así un hombre, tiene que ser trabajador.

Roger callaba consternado.

–Ahora tú vas a ir pescar y sólo vas a comer lo que tú mismo te cocines. Y por la tarde vas a cultivar media hectárea de platanal.

Y cuando Roger se encontró solo en ese platanal, con su brazo dolorido bajo el sol ardiente, sí que recapacitó.

José López era visitado por mestizos que buscaban sus poderes curativos e incluso extranjeros interesados en las incursiones al otro mundo. En una ocasión, un francés llegó a Roaboya, y emocionado por el encuentro con el chamán, le dijo.

–¡Oh! Don José, para mí es un gran honor conocerle.

Él viejo fijó los ojillos en su interlocutor, calló un segundo y respondió serio:

–Tú eres yo y yo soy tú.

A lo que el gringo, lógicamente, no supo qué contestar.

Algunos pacientes llegaban gritando de dolor, otros cagándose hasta la deshidratación, o prácticamente inconscientes. El abuelo les aplicaba sus remedios vegetales y les curaba en las noches, cantando. Otros casos los solucionaba de un momento a otro, eficacia que aumentaba aún más su fama en la zona. En una ocasión José avisó a su nieto de la llegada de un paciente:

–Hoy va a venir un enfermo muy grave. Estará aquí al mediodía. Le esperas y le atiendes –dijo antes de salir a pescar.

Roger estaba sentado al borde del río cuando le vio llegar. Era un mestizo, estampa viva del moribundo, que se apoyaba en dos hombres para subir a tierra. La esclerótica amarillenta de los ojos apenas se adivinaba bajo unos párpados hinchados. El enfermo trató de saludar pero sólo le salió un balbuceo gutural, como si la lengua hinchada no encontrara espacio para articular las palabras. La piel era pálida. Su estómago, sus piernas, sus manos, parecían cargadas de la mierda y la orina que en los últimos días, según contaron sus acompañantes, no había podido expulsar.

El abuelo regresó un poco más tarde, con la canoa llena de pescado. Saludó al paciente y, con Roger al lado, se metió en la casa a hacer los preparativos para la curación. Mientras cocinaba una infusión de chaiconi rao, le dijo a su nieto.

–Éste no va a morir. Anoche ya he visto. Tiene un virote.

El abuelo le explicó que tal vez un brujo, o el bujeo, o una anaconda le había enviado daño.

–Ya sabes que hay anacondas que pueden curar y otras que pueden matar. También puede haber sido la catahua, o la lupuna. ¡Hay tantas variedades en la naturaleza! Tal vez pasó por un lugar donde estaba enterrada una piedra incanto; su espíritu también puede matar. Recuerda que todo lugar tiene su dueño. Hay que respetar, saber por dónde uno camina.

Después de tomarse la infusión, el abuelo se acercó al paciente y se sentó junto a él. De su morral sacó la pipa, la llenó de tabaco, y la icaró, susurrando leves melodías sobre ella. Luego la encendió y comenzó a fumar hasta que en la mareación vio el camino.

–Ahí tiene usted su problema, en la boca del estómago, por eso no come. Por eso quiere morir.

Le pidió que se sacara la camisa. El abuelo comenzó a soplar el humo del tabaco sobre el tórax. Luego le aplicó la boca entreabierta al pecho del hombre. Con gesto decidido, José aspiró el mal y como si estuviera expulsando de su garganta algo atorado se inclinó hacia otro lado y regurgitó al tiempo que se llevaba la mano a la boca. Extendió la palma para que todo el mundo pudiera ver lo que había extraído: una araña muerta. Repitió la operación; esta vez, sobre la palma de la mano había una escama, afilada como una aguja.

–Esto es lo que te ha clavado el lobo –le dio al paciente–. ¿Estuviste en una cocha antes de enfermar?

–Sí, me fui una cocha, baleé a un animal y lo maté. Entonces sentí un gran dolor y tuve que pedir ayuda a gritos para poder regresar. Desde ahí empezó mi mal –explicó el paciente, aturdido.

–Esa cocha tiene su lobo, por eso.

Sé que puede parecer increíble, pero no habían pasado ni tres minutos desde que el abuelo hizo lo suyo cuando el paciente, visiblemente animado, tuvo que salir corriendo a la parte posterior de la casa… La diarrea. ¡Frruhhhhh! Y el vómito. ¡¡Gruaaahhhh!! El hombre se vació durante diez minutos, tomó un baño, y al rato, como resucitado, se dirigió al abuelo:

–Quiero tomar, quiero comer.

–Ya, pero para curarte del todo vas a tener que dietar.

Si en la vida de cualquier muchacho del pueblo, los remedios vegetales formaban parte de la cotidianidad, en la de Roger era especialmente más cierto.

Fue en verano, poco antes de una luna llena, cuando ya había cumplido quince años, que el abuelo José se acercó una tarde a Roger y le hizo el gran anuncio:

–Dentro de tres noches, cuando la luna esté llena, te voy a dar tu mareación bien fuerte.

Desde ese momento Roger respetó una breve dieta. Sólo comió caldo de pescado y un poco de plátano las dos noches anteriores. El día de la ceremonia ayunó. Roger esperaba ansioso su primera mareación. Quería mirar si eran ciertas las maravillas que su abuelo contaba: las grandes anacondas, los espíritus de la selva, los cánticos curativos. También quería ver hermosas mujeres desnudas, porque aunque no se lo confesara a nadie, nunca olvidó una conversación que furtivamente había escuchado a sus dos abuelos:

–Yo vi una gringuita, completamente desnuda, sus senos, su parte íntima… –cuchicheaba uno.

–Yo también; les veo hasta la parte más íntima. Y luego se ponen a bailar a mi lado, calatitas, y me acarician –reía el otro.

También Roger quería experimentar eso.

Con estas expectativas llegó la noche. El abuelo José, orgulloso de la preparación que había brindado a su nieto, invitó al otro abuelo de Roger a la ceremonia. También participaron las dos abuelas, y otros familiares.

Roger era el centro de atención.

Le flanqueaban sus abuelos, de estampa soberbia: la cushma, las pipas encendidas, los ojillos hundidos, la parsimonia, las arrugas como mapa de la sabiduría.

–Icárame bien, quiero ver –pidió Roger.

Los abuelos sonrieron, botando humo.

–¿Tienes miedo?

–No –respondió sincero y decidido–. El ayahuasca no me va a matar. Si el ayahuasca matara ya no hubieran existido mis abuelos. Quiero tomar, quiero ver.

Mientras su abuelo José icaraba el vasito con la dosis de ayahuasca Roger se concentraba interiormente: “Dios de la ayahuasca, ayúdeme, por favor. Hágame visionar mi futuro. Quiero aprender de usted su medicina, su sanación. Que Dios que está en la altura bendiga mi ayahuasca, y que mi mente tenga la fuerza del espíritu de Dios, y que mi cuerpo tenga el espíritu de Dios, y mi corazón. Yo voy a entrar al mundo de la ayahuasca, hágame regresar tal y como estoy entrando. Que la mareación sea tan maravillosa que yo pueda entender, interpretar y comunicarme”.

El abuelo interrumpió el hilo de los pensamientos del muchacho y le tendió el vasito.

Sin dudarlo, Roger tomó.

A los pocos minutos, antes de que su abuelo hubiera apagado el lamparín, a Roger le agarró la mareación. Sintió que le invadía el sueño; reaccionó y miró a su alrededor: la casa se estaba transformando en diseños, mientras los horcones se enrollaban como anacondas.

El vértigo y la náusea. El suelo. Respiración profunda. Malestar. Y el abuelo soplando… El abuelo soplando tabaco sobre el aprendiz… Una princesa. El humo del tabaco sobre el cuerpo del muchacho. “¡Que fragancia increíble!” Ya viene el chaiconi rao… “¿Cómo puede ser?” Una laguna de mil colores rodeado de chaiconi rao. “¿Qué es esta energía?” Las raíces convirtiéndose en anaconda. “¡Hermosa!”. Ojos rojos. “¡Tremenda cabeza!” Ojos verdes. “Es buena”. Ojos turquesa. El abuelo cantando… Ahí viene el chaiconi rao… ¡¡Pfffsss!! Volando sobre el canto. “¿Será esto la medicina?” Mil colores, mil formas.

Durante horas Roger se regocijó en visiones indescriptibles. Luces caían y se transformaban en miles de flores, detrás venían los picaflores; las palomas le cantaban: “Sígueme, vamos allá”. Roger flotaba en los mundos del abuelo, sin miedo, elevado. Vio a una mujer y trató de alcanzarla, pero no pudo. Ella bailaba y cantaba. Cabello largo y negro, cerquillo cortado, vestido típico. Shipiba. Diseños en la cara, una manta bordada, tobillera, brazalete, una corona pequeña con diseño de anaconda. Roger quedó extasiado por su belleza. El abuelo cantaba… Ya viene tu mujer… Ya viene tu mujer… Pero de repente eran tres mujeres. Supo que tenía que escoger una, y que ésa le acompañaría el resto de su carrera chamánica. Roger miró durante un tiempo. Vio en una de ellas una sonrisa y le tomó la mano; era su escogida. Apareció el papá de la mujer, una anaconda extraordinaria que se convirtió en viejo; sacó una pipa de la mochila, le sopló con el humo de tabaco, y le regaló la pipa.

Después de su primera mareación Roger supo que seguiría el duro camino de la ayahuasca. Pero no estaría solo: como a todos los chamanes, una compañera espiritual le ofrecería protección para las amenazas que a lo largo de los años encontraría en ese mundo inefable, inacabable y peligroso, al que conduce la ayahuasca.